Serenata argentina (Down Argentine Way) apareció en el catálogo por el camino habitual, un canal de YouTube que sube musicales de los cuarenta en copias sorprendentemente buenas. La miré por Carmen Miranda. A los veinte minutos ya estaba anotando cosas en un papel, que es lo que pasa cuando una película empieza a fallar de un modo interesante.

La trama es la de siempre. Ricardo Quintana, criador de caballos, viaja a Nueva York a vender los potros del padre. Conoce a Glenda Crawford. Hay una enemistad vieja entre las familias que arruina el negocio y el romance, ella la sigue hasta Buenos Aires, el caballo gana en San Isidro y todo se arregla. Don Ameche hace de argentino. Betty Grable hace de norteamericana, que era lo único que la Fox le pedía en ese momento y le alcanzó para volverse estrella después de treinta y un papeles menores.

La Fox tenía la información y decidió que no la necesitaba. Eso es lo que hace rara a esta película.

Cómo Hollywood filmó Argentina sin salir de Los Ángeles

El rodaje duró diez meses. Una segunda unidad viajó a Buenos Aires y volvió con unos seis mil metros de película, tomas de exteriores destinadas a establecer los lugares donde ocurría la historia. Es material real, filmado acá, por gente que estuvo acá. El resto de la película, los actores, los sets, el cabaret, la pista de carreras, los caballos, se hizo en Los Ángeles y en un rancho de Thousand Oaks, California.

Carmen Miranda ni siquiera pisó Hollywood. Tenía contrato con un club nocturno de Nueva York y no podía romperlo, así que la Fox le mandó un equipo a la ciudad y le filmó los números allá, sueltos, sin nadie más en escena. Después los pegaron sobre la película terminada. Miranda está menos de diez minutos en pantalla y no comparte un solo plano con el resto del elenco.

Con eso se puede armar una película. Lo que no se puede armar es un retrato de un país, y ahí aparece la pregunta que la película no se hizo nunca: para quién estaba filmada.

Roosevelt convirtió el cine en un asunto de política exterior

En agosto de 1940, mientras la Fox terminaba el montaje, Roosevelt creó la Oficina del Coordinador de Asuntos Interamericanos y puso al frente a Nelson Rockefeller. La oficina tenía una división dedicada exclusivamente al cine, a cargo de John Hay Whitney, con instrucciones bastante precisas: que los estudios contrataran actores latinoamericanos, que las tramas trataran a los países del sur con algo parecido al respeto y que se dejaran de lado los estereotipos que Hollywood venía usando desde el cine mudo.

El objetivo de todo esto era la guerra. Alemania e Italia tenían influencia creciente en América Latina y Washington quería frenarla sin recurrir a la intervención directa, que era justamente lo que la Política del Buen Vecino había prometido abandonar. Argentina figuraba entre los casos difíciles, con una colectividad italiana y alemana enorme, una dirigencia que miraba a Europa y una tradición larga de mantener distancia con Estados Unidos.

Serenata argentina se estrenó antes de que la oficina de Whitney empezara a funcionar en serio, pero pertenece a ese clima. La Fox entendió que había plata y aprobación oficial en hacer películas sudamericanas, y siguió con Una noche en Río y Un fin de semana en La Habana, las tres con Miranda, las tres con el mismo procedimiento. Los cubanos reaccionaron a la de La Habana más o menos como los argentinos a la nuestra.

Lo que vieron los argentinos cuando encendieron la luz de la sala

En toda la película hay rumbas, sambas y congas. El tango, que sería lo único genuinamente argentino, está ausente. Don Ameche baila con castañuelas y habla de orquídeas, tan escasas en Buenos Aires como en Manhattan. Betty Grable hace una conga. Henry Stephenson, en el papel del patriarca criollo Don Diego, habla con un acento inventado que no corresponde a ninguna variante del español. Los Nicholas Brothers hacen su número de tap en un español de fantasía.

La película fue prohibida en Argentina por "retratar mal la vida en Buenos Aires", según documenta el investigador Walter Aaron Clark en From Tejano to Tango (Routledge, 2002). Los abucheos fueron en Río de Janeiro, donde Miranda era figura conocida y el agravio resultó más visible: el público la silbó porque Miranda —brasileña, que no habla español sino portugués— aparecía caracterizada como argentina. El attaché comercial de la embajada norteamericana en Buenos Aires reportó a la Fox las razones del rechazo argentino por separado, incluyendo la presencia de los Nicholas Brothers, que según su informe reforzaba "la impresión argentina de que los yanquis creen que son indios o africanos". Mientras tanto, Variety celebraba sin ninguna ironía que la personalidad de Miranda "daba una nota argentina auténtica" a la película.

El chiste que el attaché Joe D. Walstrom anotó en su informe de 1941 —citado por la historiadora Darlene J. Sadlier en Americans All (University of Texas Press, 2012)— condensaba todo: "Cada vez que se juntan diez argentinos, hay una carrera de caballos."

Carmen Miranda y el problema del continente como decorado

Miranda merece un párrafo aparte porque su caso ilustra algo más amplio que una sola película.

Nacida en Portugal, criada en Brasil, Miranda era una figura genuina de la música popular brasileña antes de llegar a Hollywood. Su estética —los turbantes, las capas de tela brillante, el tocado de frutas— venía de la tradición baiana, una cultura afrobrasileña específica del estado de Bahía. Era una figura brasileña, con una identidad cultural precisa y reconocible en su país.

En Hollywood se convirtió en un lugar genérico que podía ser cualquiera. Fox la usó en películas ambientadas en Brasil, en Cuba, en Argentina, siempre como variación del mismo personaje: la exótica efusiva que canta y baila mientras los protagonistas anglosajones resuelven su historia de amor. La misma crítica que recibió Serenata argentina en Argentina se replicó en otras películas de la serie. Un fin de semana en La Habana irritó a los cubanos por las mismas razones: nada de lo que mostraba tenía relación con la cultura local real. La Política del Buen Vecino producía, sistemáticamente, exactamente lo contrario de lo que prometía.

Lo que la película sí logró

Sería injusto reducir Serenata argentina solo a sus fracasos diplomáticos. Como película, tiene cosas genuinamente notables.

El Technicolor es espléndido: los colores saltan de la pantalla con una intensidad que todavía sorprende. Los números de los Nicholas Brothers son extraordinarios por derecho propio, independientemente del contexto desafortunado en que aparecen. Betty Grable, que hasta entonces había hecho papeles secundarios en más de treinta películas, encontró en este film el rol que la convirtió en estrella. Y Carmen Miranda, en sus diez minutos de pantalla, tiene una presencia que hace difícil mirar cualquier otra cosa.

La película también funcionó exactamente como Fox esperaba en el mercado para el que la hizo: Estados Unidos. Que todo eso no tuviera nada que ver con Argentina era un problema de los argentinos.

En 2014 la Biblioteca del Congreso incorporó Serenata argentina al Registro Nacional de Cine por su impacto dentro de la historia del cine norteamericano: el debut de Carmen Miranda en Estados Unidos, el lanzamiento de Betty Grable, la relación de la película con la política exterior de Roosevelt. Son razones válidas dentro de ese marco. La Argentina, que la prohibió pocos meses después de su estreno, tiene sus propias razones para recordarla de otra manera.

La película está disponible completa en el catálogo.